Una política para el desarrollo y la inclusión social en el Perú
A un año de creado, el Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social (MIDIS) ya no es un ministerio en formación. Es la organización que, al interior del Estado peruano, conduce la política nacional de desarrollo e inclusión social. Esa política nacional no es ya más una suma de programas aislados. Estos son instrumentos de una estrategia de superación de la pobreza en un país cuyos estándares de inversión y de crecimiento económico no pueden seguir conviviendo con condiciones extremas de precariedad y vulnerabilidad. Una estrategia que, en ejercicio de la rectoría del MIDIS, orienta las inversiones y actividades de otros sectores que producen servicios que, hasta ahora, no habían logrado cerrar las brechas de desigualdad de oportunidades que, en diversos territorios del país —en sus espacios rurales, en la sierra y la selva—, mantienen a hogares peruanos sumidos en la pobreza y hasta en la pobreza extrema. La creación del MIDIS muestra la voluntad política del Presidente Constitucional de la República, señor Ollanta Humala Tasso de profesionalizar la acción del Estado peruano en el logro de la inclusión social en democracia. No se trataba solo de incrementar recursos de política social, sino de orientar los recursos del Estado hacia el logro de resultados. Las páginas que siguen rinden cuenta de lo que hemos hecho en un año para cumplir ese mandato, y de las razones y fundamentos para hacerlo. Detrás de cada una de nuestras acciones y de cada uno de los modelos, estrategias, programas y sistemas que hemos construido, como su punto de partida y su punto de llegada, no está un sector abstracto de la población. Están personas individuales, con nombre propio, con biografías construidas en las condiciones más difíciles de nuestro país. Y son, sobre todo, las biografías que empiezan a construirse, niñas y niños —María, Alexis, Leidi o Wilson— que llegan al primer día de escuela de sus vidas con un té en el estómago y una alegría que todavía no se ha contaminado con la precariedad de su entorno. Los Jonatan o Claudita que aprenden a gatear en un piso de tierra, con un altísimo riesgo de que la desnutrición mine sus energías y capacidades para el futuro. Y son también, por otra parte, la señora Carmen o don Amador, quienes agobiados por el peso de los años, temen que les espere una vida tan penosa como la de otros ancianos de su entorno, que subsisten gracias a una caridad no siempre generosa. Son millones de nombres, de rostros que han permanecido invisibles para las políticas públicas, y que el MIDIS tiene el deber de encontrar para alcanzarles la oportunidad de vivir mejor, de vivir con dignidad. No porque deba entregar una dádiva en nombre del Estado, sino porque el Estado les reconoce y debe colaborar a que se haga realidad el derecho que tienen —y que comparten con todos los peruanos y peruanas en todo el territorio, en todas las lenguas y culturas que nos conforman como nación— a una vida digna y a un futuro abierto a la creación y a la innovación. Esperamos abrir muchos diálogos en la sociedad y en la clase política, diálogos que enriquezcan las acciones de otros y retroalimenten las nuestras, de manera que la inclusión social, construida desde las personas, orientada por un enfoque de derechos, sea asumida como tarea del conjunto de la nación.
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